Andrés Felipe en una actividad del UFV Intercultural Program

Andrés Felipe Sánchez Patarroyo, estudiante de Ingeniería de Sistemas y Telecomunicaciones, viajó becado a España a realizar un intercambio académico en la Universidad Francisco de Vitoria durante el primer semestre del curso 2019-2020. La Oficina de Relaciones Internacionales de su universidad en Colombia, la Sergio Arboleda, comparte su experiencia:

A mediados del año pasado, mi vida era bastante tranquila, incluso, podría decir que monótona. Mis únicas preocupaciones se relacionaban netamente con lo académico. “Usted solo preocúpese por estudiar”, era la frase que me decía mi madre siempre y yo me la tomé muy en serio.

Ingresé a la universidad becado y este fue un motivo de alegría y orgullo para mi familia y para mí, pues este logro me significó transformar el miedo a fracasar en mi sueño de ser cada día mejor.

Luego de tres años, dando lo mejor de mí, debo decir que de cierta manera creé una zona de confort. Si bien, las asignaturas no dejaban de ser cada día más complicadas, el ánimo de enfrentarlas no era igual que al inicio y esa frase de mi madre era más y más borrosa en mi mente.

Y fue, precisamente en ese momento, cuando surgió la oportunidad de vivir una experiencia totalmente diferente… Y, aunque no comprendía su magnitud, sabía que cambiaría muchas cosas en mí. Es extraño cómo un simple correo electrónico, algo a lo que muchos normalmente no le prestamos atención, se convirtió en esa ‘chispa’ que transformaría mi vida. Me emocioné con la oportunidad de vivir algo nuevo y me acerqué a la Oficina de Relaciones Internacionales – ORI, con más expectativa que otra cosa. Allí, Laura me dio toda la información para la convocatoria de becas de la Universidad Francisco de Vitoria – UFV, en España, y realicé todos los trámites pertinentes… Esperaba ansioso la respuesta.

Cuando me informaron que había sido seleccionado ¡no cabía de la dicha! Aun cuando algo extraño ocurrió, pues mi madre no tenía la alegría de siempre. Esta actitud no la comprendí hasta el día en que, con una maleta gigante y un pasaporte en mano, me despedí de ella y crucé una puerta por la cual no volvería a pasar hasta dentro de cinco meses.

Aunque no era la primera vez que salía del país, sí era la primera vez que lo hacía solo. Las diez horas de vuelo las destiné a pensar en todo lo que dejaba atrás; fue en ese momento cuando descubrí la razón de la actitud de mi madre: el motivo real del viaje no era estudiar y viajar, era crecer.

Los primeros días fueron bastante extraños. La casera fue supremamente amable conmigo, pero aquel sitio no era mi hogar y la diferencia horaria, sumada a las horas extra de sol por la temporada de verano, me hacían perder la ubicación tanto espacial como temporal. Me despertaba pensando que había tomado una siesta en la casa de mis abuelos y cuando revisaba mi teléfono veía que eran las 8:00 p.m. y solo encontraba mensajes de mis padres preguntando cómo estaba y luego, al mirar por la ventana, aún había luz y esto para mí no tenía ningún sentido.

Llegué con una semana de anticipación… Y, la verdad, me arrepiento de no haber viajado antes. Sin ningún plan particular, empecé a recorrer Madrid. Cada calle por la que pasaba tenía su encanto único, todo era nuevo y solo pensaba que algo similar tuvieron que haber sentido los españoles cuando llegaron a América. Estaba feliz sintiéndome “descubridor del viejo mundo”, me gustaba perderme en las calles que muy seguramente alguno de mis ancestros pisó. Todo esto fue de gran ayuda para mi estancia, pues empecé a ubicarme bastante bien en la ciudad.

Pasó aquella primera semana e inició el periodo académico, un cuatrimestre en el que aprendería cosas nuevas, encontraría gente increíble, viviría cosas diferentes y me enamoraría de España.

Cenando con estudiantes del UFV Intercultural Program

Siempre he sido bastante tímido, por lo que pensé que tardaría un poco en conocer otras personas. Todo lo contrario, desde el primer día hice amistades que han durado hasta el día de hoy, y espero sigan así. Conocí personas que cambiaron mi forma de pensar, Sergistas que no había visto nunca en la universidad, colombianos que extrañaban su país y otros que no, españoles que quedaban encantados con las historias que contaba, así como otros europeos, latinos y asiáticos que, gracias a los programas de Erasmus e intercambio, llegaron a la UFV. Fue genial hablar de tapas con alguien de Argentina o tomar mate en El Retiro, mientras trataba de entender alguna palabra en portugués o en italiano. Son muchas anécdotas que ya están en mi corazón.

La carga académica no fue tan pesada. Algo que agradezco, pues el estilo de vida allí era bastante diferente… Ya no había nadie que me diera la comida o me lavara la ropa. En poco tiempo tuve que aprender a cocinar, a hacer las compras y a administrar mejor mi tiempo.

Y aún hay más. Esta experiencia académica me permitió viajar a sitios fascinantes. Conocí Toledo y me gustó tanto que regresé y en alguna oportunidad fui voluntario en un albergue, gracias a la invitación de uno de mis amigos de la universidad. El siguiente destino fue Barcelona, a donde fui con mis compañeros de La Sergio. Conocimos las obras de Gaudí y de Picasso, caminamos por La Rambla y vimos el atardecer en el mediterráneo. Fue algo realmente memorable.

Llegó noviembre y fue difícil para mí. Cumplí 21 años lejos de mi familia. No obstante, ya me sentía en casa, las personas de mi piso celebraron conmigo y uno de mis compañeros de La Sergio también cumplía años el día siguiente, así que la fiesta fue doble. Los días pasaron y llegó nochebuena, y de nuevo, bastante extraño no poder abrazar a mis padres y desearles una feliz navidad.

Debo decir que para el cierre del año no pensaba hacer gran cosa. Sin embargo, una amiga de Bilbao me recomendó conocer esa ciudad y sin pensarlo mucho invité a un amigo que, al igual que yo, pasaría solo ‘nochevieja’, y nos aventuramos a viajar hacia el País Vasco. He de admitir que ha sido el lugar que más me ha fascinado, su cultura, su historia, su gente… ¡Las personas que conocí allí son increíbles! Estoy seguro de querer volver. Curiosamente, por esas fechas, se hablaba mucho de las manifestaciones en Colombia y por ello conocí a más personas que estaban también lejos de sus países en momentos difíciles, en particular de Chile y de Argentina.

El 4 de enero de 2020 fue una fecha complicada para mí. No quería pensar en muchas cosas, así que decidí ir a la terminal de autobuses, tomé un bus a Granada y en ese momento conocí una parte de mí que nunca había visto brillar así: una persona aventurera y sociable a quien no le costó hacer amigos tan pronto como se bajó del bus. Era la primera vez que realmente viajaba solo y lo disfruté bastante.

Faltando menos de una semana para volver, viajé a París, animado por mi madre quien siempre ha deseado conocer esta emblemática ciudad. Ella ahorró dinero y me lo envió para hacer el viaje, así yo conocería un nuevo lugar y ella “viviría esa experiencia a través de mí”. Algún día espero poder llevarla, cumplir su sueño y el mío de acompañarla.

Finalmente, un día antes de partir, volví a la universidad. Mis amigos pensaron que estaba loco, ya había iniciado el nuevo cuatrimestre y ellos consideraban que yo no debía pasar mi último día allí. Yo solo quería experimentar, una vez más, la sensación de entrar a la UFV como aquella primera vez, en esa oportunidad tan lleno de miedos e inseguridades, mientras que ahora iba tranquilo, con mucha confianza y con el ánimo de decirles que pronto los volvería a ver. Luego fui a verme con mi compañero de La Sergio, a hablar un poco como solíamos hacerlo cuando no teníamos muchos trabajos, ir a mi piso y despedirme de las personas que siempre estuvieron pendientes de mí.

Al día siguiente tomé el metro hasta el aeropuerto y, cuando iba a subir al avión, empezaron a llegarme mensajes, tal como pasó cuando iba a salir de Colombia. Esta vez eran de mis amigos deseándome un buen viaje. Desde ese momento siento que, así como muchos de mis miedos se quedaron allí, una parte de mi vida también se quedó, esperando el momento de volver.

No me queda nada más que agradecer a la Universidad Sergio Arboleda por esta oportunidad, a todas las personas de la ORI por su amabilidad y paciencia, a mis amigos de Colombia que siempre estuvieron en contacto, a la UFV por hacerme sentir en casa, a los amigos que dejé allí, que me apoyaron en momentos difíciles y nunca me juzgaron, a las personas con las que viví, por ser como madres, hermanas y hermanos para mí, a mis padres por apoyarme en todas las decisiones que he tomado y a Dios quien me protegió en este viaje, gracias a las oraciones de mi abuela. Espero que sean más las personas que se animen a vivir esta experiencia, ya que el viaje me hizo ver la inmensidad de nuestro mundo; cómo es la vida en el primer mundo y contrastarlo con el nuestro; darme cuenta que en realidad somos un país con un potencial inmenso, que solo hay que trabajar unidos para lograr algún día superar todos nuestros problemas.

Vuelvo con el ánimo de construir país y con la ilusión de que algún día mis amigos europeos puedan sorprenderse con lo maravilloso que es Colombia y lo puedan ver con sus propios ojos.

 

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